Naceremos amaranto ©

Con el corazón aterronado,
bien llenito de semillas, 
como un cuenco, como barro,
por momentos pareciera
que no somos más que arcilla.

Nos ocurren los milagros: 
encontramos el enredo:
las raíces que perdimos
y de pronto, sin aviso, 
nos brotamos en pedazos.

Ojalá fuera fría vasija,
(de dos asas por si acaso)
continente y contenida
por la noche, por la luna,
por el día y por el ocaso.

Se me ocurren los milagros:
la esperanza de hacerme árbol,
de sembrarme, de ser huerto, 
de ser agua que refresca
con hojitas de naranjo.

Si el terrón de mi destino
se secara entre las líneas
que envejecen en mis manos,
bastaría un poco de agua,
bastaría el correr del llanto.

Pero lágrimas no bastan,
porque no somos el lodo,
porque no somos el barro,
porque no somos la arcilla,
porque no hacemos milagros.

Nos secamos con la milpa
en los surcos sin cultivo, 
abrazamos el espanto
de un país, triste y herido,
que no es ni flor ni canto.

¡Que nos llueva sobre mojado!
¡Que de tanto y tanto ir al río,
seamos cántaros quebrados! 
Rotos y hartos, demolidos, 
amanezcamos desde abajo.

¡Con tu voz de valle enbravecido
tumba y quema! ¡Viva Atenco!
Verdecitos o azulados creceremos
en el campo, en el monte, en el lago.
¡Por el agua y por la tierra, por el árbol!

Si nos ves tristes y secos, tú lo sabes, 
es porque recién nacimos en el barro;
antes fuimos planta también, de ornato...
Como esquejes poco a poco enraizamos,
danos tiempo, aunque falte sigue dando.

Es que un día tu machete
que desbroza el yermo campo
de batalla en el que estamos,
abrirá bien los caminos, naceremos
en tu lucha, nos haremos amaranto.

Toma y daca ©


Lo que ves es envés, el reverso del verso que se dobla hacia dentro y se pone al revés. "¡Mire bien!", se lo digo y le muestro desde adentro el sombrero: ¡nada por aquí, nada por allá!, nadie por los mundos donde brinca aquel conejo.

Tengo un as bajo la manga, en el haz del traje puesto: haz de luz, haz de hacer, haz de siempre que se hace porque haciendo vamos siendo. Las palabras como magia donde no las lleva el viento, letras-ancla, letras-sirga remolcando el fundamento.

De entre todas mis virtudes y entre todos mis defectos, cuente usted la habilidad de escribir sin argumento, de encontrarlo a la mitad, medio hundido, astillado-apostillado-apolillado, tan dejado de las manos que, divinas, ¡qué divinas!, se olvidaron de este barco y sus astillas. Me basto y no me sobro porque tengo bien contadas las heridas pero ya no me desangro ni desbordo mis orillas; sé estarme bien, como calma que precede a la tormenta, como la tormenta misma; soy el agua, no lo olvide, aunque agite sigo brecha, soy el curso, la rivera y sus riberas.

Sé mirar la sombras tras las máscaras, no en los rostros que leo mal sino en las máscaras mismas, por detrás de ellas, donde dejan las personas a resguardo las miradas que no alcanzan a encontrarse en otros ojos, las que toman otras rutas del atajo, las que no son más despojo que sí mismas. No crea usted que yo me alegro de encontrarme con aquello que se guarda muy adentro; no lo busco pero lo hallo, siempre intacto y sin querer, en el borde de los naipes que destajo frente a usted.

Salisatre me envestí por necesidad cordial: fue mi propio corazón con el que aprendí a leer cada arteria y su camino. En el templo visceral hay dos atrios, ¿sabe usted?, varias puertas derredor de un pasillo en contorno; el entorno de un palacio que se arruina cada tanto, que se quiebra en sus paredes, que humedece sus maderas, que se alza nuevamente cuando bien dispuesto está a saberse espacio abierto porque no tiene por techo más que el cielo: si lo cubre no orará, es amando que se reza, es de pie y no de rodillas, es la sangre la bendita.

Hace tiempo que los santos escasean. No queda más que lo escrito y la escritura, la invocación letrada, ser sortílega versada en los cantos de los libros. Instrucciones: sin abrirlo, pase usted la delicada piel de su dedo más sensible por la tripa de uno de ellos; si le corta usted sabrá de antemano que ese libro hay que leerlo desde atrás y hacia adelante, comenzando por el punto que es final, terminando en el vacío de la sangría que lleva dentro todo texto.

En el vuelo de las aves hay lo dicho, bien lo saben los augures: pluma y trino, surcos de aire que mantienen en su altura las semillas. "¿Quién habrá de cosechar allá, tan alto?", se pregunta tan ingenuo el que no vuela. Es ahí donde los cuervos siembran ojos como joyas de los súbditos impíos. Es por eso que se cree que los secretos van a salvo entre las alas de los pájaros, pero nada ha de guardar quien va ligero: cae la carga hasta la sima donde aguarda el que auspicia; ¡cuánto ríe de lo poco que ocultamos, de los huesos que se salen de las fosas porque siempre lo de abajo se hace arriba! 

Como me lee doy y en la misma medida recibo; el escrito es espejo para el lector que se asoma y abismo para quien en tinta se ahoga. Si la razón que aquí encuentra es extraña en sí misma, entraña es sin duda alguna, víscera viva. Pero si en ella inquieta usted por la similitud consigo mismo, dude siempre de lo que parece y aparece, sobre todo si se muestra más distante que el distinto. Recupere cada hueso del cadáver que dejó en aquel desván, desvanecido, recupere las astillas si es preciso, porque el muerto que se carga siempre es de uno, porque no hay fantasma ajeno, porque aquí usted se ve y yo me miro: toma y daca entre gitanos que se adivinan las manos.