Renuncia©

Hoy, aquí y ahora, renuncio a las heridas. Me alejo del sendero que señalicé dejando gotas de mi propia sangre a falta de migas; regreso por el último pedazo de la fe para volverla suerte, de la buena, porque no hay por qué pensar siempre lo peor. 

Hace tiempo que fui por mí; supe traerme hasta el pie de la cama, desde donde me enseñé a contemplar la luna, a palpitar con ella, a desaparecer cada veintiocho días, dejando que las emociones navegaran por el torrente menstrual: ¡pura osadía!, saberme mujer hasta el último centímetro de piel y llorar porque sí durante el duelo del propio cuerpo que se renueva en el ciclo femenino, que nos empuja a parir, a dar vida, a leer las manos de la muerte para anunciarle, entre tabaco y mirra, que deberá esperar, que no se irá nadie con ella porque en el vientre anida lo que será cosecha.

Pero hoy, aquí y ahora, también renuncio a la luna, a sus sombras, a sus aguas, a su ir y venir con mi alma equilibrista que se cansa de brincar entre metáforas de cuchillos y trozos de vidrio. Me despido del cangrejo que no supo ser liebre y salir de la cárcel de Selene, ni siquiera cuando le mostré que de día crecen las flores, que ella y yo pasamos por el inframundo, pero se trataba de salir al sol; nos quedamos más tiempo del debido: el día que reunimos el valor para asomar la cabeza, lo hicimos de noche, llovía desesperanza y nos volvimos a guarecer entre las patas del depredador que dormía. Despertó. Yo no tengo vocación de crustáceo, no dejaré que me muerda las ganas, que se quede entre los dientes el corazón que restauré. Tengo fe y sobre ella construyo el andamio de entrega amorosa que ha de servirme para colocar en la esquina izquierda y posterior del cielo una oración: "renuncio al miedo, me doy". 

    

Astral©

Nací el octavo día del mes noveno, en un año cuyas cifras sumadas forman un veinte perfecto; ignoro qué significa ese par de diez; prefiero pasar por alto los ceros, entonces son sólo dos uno: el yo replicado.
 

Según los astros, mis sol brilla para virgo; Astrea, hija de Zeus y Temis, diosa de la justicia, vive en el solar. Pero en la luna tengo un acuario: miro los peces que me habitan; sí, son de colores, no podrían ser de otra manera, no para mí que escribo: sé que gris es triste, que sin afluentes no hay vida. 


En las límpidas aguas de mi existencia creativa, la única que realmente comprendo, hay también un cangrejo verde, lo traje de Saturno, aunque ahora se pasea por el arrecife que hice de Júpiter para meterlo al estanque. 


Dejé la balanza en Venus, lo que explica más de tres cosas. En Marte formé los valles donde se quedó pastando el toro. Urano y Plutón son de a libra. Para sagitario formé una isla en el reino de Neptuno. Si a veces lloro mercurio, es sólo porque la reina del dorado fue a ese planeta de visita.

Ella parió un planeta ©

Ella parió un planeta, al menos eso parecía aquella esfera pulida que rodó por la alfombra entre sus piernas. Me miró asustada, "vino de aquí", dijo, al tiempo que cruzó las manos sobre el vientre en una actitud casi sacra. Me reí. No pude evitarlo. No es que no le creyera, pero mirarla de ese modo, tan descompuesta, ella que de todo reía, con el cabello alborotado como si fuera un asteroide, la cara de loca, ¡por Dios!, que esa cara de loca me mataba de risa. Pero ella lloraba, seguía llorando, por sus mejillas escurría mercurio, puedo jurarlo, plateado, líquido; sus labios encendidos, brasa pura, me quemó la frente con un beso.

Dejé de reír y los causes metálicos se secaron sobre su rostro. Ella tomó la esfera entre sus manos, la observó intrigada, "pesa", dijo, pero al soltarla su consistencia era la de una burbuja de jabón que subió hasta el techo; giraba y en cada vuelta la luz hacía un pequeño espejo rectangular por el borde que nos tentaba a vernos las marcas.

Nos pusimos de pie, alcancé una silla del comedor, subí por la esfera, la atraje con delicadeza hasta que logré atraparla entre mis dedos. "Pesa, sí", dije mientras la acunaba con la mano derecha. Vi mi rostro descompuesto en el espejo volátil, el cabello alborotado como si fuera un asteroide, la cara de loco, ¡por Dios!, esa cara de loco que la mataba de risa. Pero yo lloraba, seguía llorando y por mis mejillas escurría mercurio, puedo jurarlo, plateado, líquido; mis labios encendidos, brasa pura que al toque de un suspiro reventó la burbuja: se hizo galaxia.

© Imagen: Planet Earth de Juan Carlos Guarneros.        

Marea alada ©



Ele con ele
las alas
alas con alas
las olas
olas con olas
la mar.

Mares con mares
la vida
vida con vida
las horas
hora con hora
el ahora.

Alas,
vida del mar
con las olas,
con las horas,
con la vida.

Ahora tengo alas
y olas
y mares
y vida.

A deshoras,
con alas,
con olas,
con vida.

Marea alada:
vida que en horas
se hizo ahora
de alas
de mares
de olas.

Versos para el alma ©


Las palabras no conocen  límites, se vierten suaves, fluyen, incluso cuando callan.

Los versos más hermosos son orillas en derrumbe: trágicos, alegres, tristes, temblorosos miran el vacío donde se han gestado, el abismo al que caerán para volver, para dejar de ser, para volver al ser.

La poesía: frontera deshecha a fuerza de caricias salinas, lenguas húmedas, tibias manos como arena, como las dos de cal que hacen la cruz bajo los ataúdes llenos de flores, como vidrios pulidos contra la marea.

Paradójicos continentes, cada letra se desborda, escapa fuera de la frase, emprende deslices que la conducen al agua, ¡el agua! 

El agua, sus corrientes imbricadas.  El agua deslava lo mismo tinta que sangre.  El agua que me habita, donde habito cuando me llamo Alma, ¡el alma!

El alma se quiebra en la métrica, no sabe ser verso, curiosa se desarma, se hace prosa, destellos de mañana. El alma. De ella es mejor no decir nada, acudir presto a los silencios, abrevar del vientre fértil que va pariendo palabras, palabras sin límite, suaves, que fluyen calladas porque son del alma.

Hidrográfica o los cauces del ser ©

Para mí, la vida es líquida: agua que nace entre montañas, transcurre de la mano del tiempo, en busca de Hades pasa por el inframundo  como lava, descansa liminal en los esteros, se hace bruma, llueve, fluye, anda. 

Desde niña busqué la esencia vital. En época de lluvias no había charco que escapara a mis pasos; caminaba sobre ellos del mismo modo desequilibrado con el que los transeúntes precavidos intentan sortearlos. Yo evitaba las partes secas de la acera, me sentía inmensamente feliz cuando las plantas de los pies se humedecían: vida filtrada a través de los hilos de mis calcetas. 

En las alamedas, las fuentes, oasis entre el asfalto, eran la oportunidad perfecta: soltaba la mano de mi abuelo y corría desbocada hasta entrar en ellas. ¡Cuánta desilusión me provocaba encontrar en el centro de la alameda un quiosco rígido aunque redondo, en lugar del cuenco gigante con agua serena!, pero cuando existía, el regaño sabía a deliciosa promesa: me esperaba la maravillosa tina con agua tibia que mi abuelo prepararía resignado en su casa. El problema siguiente era sacarme de ahí antes de que volviera a enfriarme: no había modo de hacerlo sin que yo llorara, viendo desconsolada la piel de mis dedos blancos, suaves, en remojo hasta arrugarse como pequeñas larvas opalinas que prometen seda.

Aprendí a nadar gracias a una ocurrencia de mi padre: tirarme sin más preámbulo a una alberca cuando tenía dos años; mi madre, angustiada y protestando, dejó de llorar cuando me vio salir a la superficie con la alegría instalada en todo el cuerpo, reía, me movía con torpeza huyendo de sus brazos que deseaban ponerme en tierra. 

Más tarde, mi abuelo decidió darme gusto cuando íbamos a su pueblo y para ello tomaba precauciones un poco curiosas: me llevaba a una poza de agua helada, al pie de una cueva con tapiz de helechos enormes y musgo perlado; ahí, amarraba mi cintura con una cuerda cuyo extremo él sostenía desde la orilla para monitorearme a distancia. Yo, encantada por el rumor líquido de las corrientes internas, me lanzaba de un brinco y me hacía agua con el agua, frío con el frío, pez níveo diluído.

El mar. La primera vez que me encontré con él no me dejó tocarlo, estaba de fiesta: decenas de globos acuáticos y coloridos se paseaban por las olas, tranquilos espejos cóncavos que devolvían al sol su mirada en una perfecta operación aritmética: multiplicación de luces sobre el rumor de la marea, las medusas de vidrio fundido que se desinfla en tierra. Aquella vez no me importó estar fuera del abrazo líquido, era suficiente con la brisa mojada, aprendí a escuchar con atención el agua, sé que cura de sólo mirarla.

No puedo decir que me cansé de ver la piel vasta del océano, pero empecé a preguntarme a cerca del universo anegado que permanecía abajo de aquello: ¿qué habría en el lecho marino, más allá de las conocidas sirenas, de Tritón y su trono de espuma acuarela? Bucear no era lo mío, anhelaba pisar con fuerza la  superficie del algún andamio bajo el mar. El día llegó, subí a la barca de unos pescadores en busca de la alberca natural que el Pacífico reservaba entre rocas con erizos: ataviada con un cinturón de plomo, un visor y una manguera que enviaba aire desde la lancha toqué fondo, caminé extasiada por los laberintos de un bosque coralino del que se desprendían aletargados los pulpos, me asomé por cuanto hueco aparecía en la enramada salina y juro que un pez amarillo me besó en la boca.

La escafandra la obtuve después, durante una expedición involuntaria rumbo a mis profundidades. El alma, la parte perdida de mí, luego del naufragio anunciado me esperaba hecha un ovillo en medio del costillar de una vieja embarcación. Con astillas en las alas y fisuras en la voluntad, fui a dar desvanecida en la corriente de mis ríos embravecidos, iba por mí y me traje. Saqué la fortaleza, quizá las branquias, me crié por un tiempo detrás de un arrecife naranja; sobre el vientre carcomido cultivé un huerto de plantas medicinales, en la cutícula de la osamenta escribí el primero de mis textos. Luego sincronicé los cauces del ser con las corrientes de la luna: cual reloj voy creciente, menguo, me hago nueva y vuelvo. Salí a flote: habitante de ciudades hundidas que renacen cuando baja la marea, me hice hechicera.  

Quiromancia ©

Los que saben, dicen que Venus se alza en los pulgares, frente a la Luna que ha de tener raíces porque se sostiene apenas en el costado interno, abajo, como si hubiera nacido menguante en la mano y deslizara su luz hacia el abismo de la articulación. 

En el índice, Júpiter, hijo de Cibeles, señala el camino, pero es más corto que Saturno y como herencia del Cielo nos deja perdidos, sin rumbo, en medio.

Con el Sol, la palabra amén se aloja en el anular, fin de la voluntad humana, principio de algo divino. Mercurio, metálico, líquido, alquimia, ¡voilá!: ¡se volvió melaconlía el olvido!


Por eso borré el destino que surcaba la palma de mis manos. Enterré la navaja entre la línea de la vida y la del corazón; yo sólo sé vivir a fuerza de víscera, no entiendo el llano que se forma casi insalvable entre ambas cosas y miro curiosa los montes astrales que hacen del sino cuenca cuando recojo los dedos para ver, por fin, una laguna roja.

La suerte está echada, vital se desangra. Sonrío, será que entre tantas marcas extravié el hilo que conducía la razón. Me destino.