Eper es un obra de mi autoría, la primera de una trilogía que aborda, con perspectivas distintas, el movimiento estudiantil de 1968 en México. Cada año, durante el mes de octubre, este monólogo, magistralmente puesto en escena bajo la dirección de Alexandro Guerrero y con la actuación de Nora Manneck, es presentado en diversos foros. Este año logramos publicar el texto ilustrado por Luis Pérez Gay, mismo que está a la venta para financiar la producción de la obra. Pueden solicitar el libro enviando un mensaje acá mismo.
Eper (libro ilustrado y obra de teatro)
Eper es un obra de mi autoría, la primera de una trilogía que aborda, con perspectivas distintas, el movimiento estudiantil de 1968 en México. Cada año, durante el mes de octubre, este monólogo, magistralmente puesto en escena bajo la dirección de Alexandro Guerrero y con la actuación de Nora Manneck, es presentado en diversos foros. Este año logramos publicar el texto ilustrado por Luis Pérez Gay, mismo que está a la venta para financiar la producción de la obra. Pueden solicitar el libro enviando un mensaje acá mismo.
Lugares comunes©

Como todos, suelo encontrar aburridos los lugares comunes, incluso esta frase, tan común que es difícil percatarse de que es un sitio; lo sabemos solamente porque todos nos paramos por ahí eventualmente. Pero hay un lugar que es muchos lugares, aunque sea común porque todos lo tenemos: "dentro".
Nos miramos unos a otros en el intento por escudriñar que hay ahí, dentro de ti, dentro de él, dentro de todos los que no somos nosotros, dentro, bien dentro. Ese lugar tiene más de una puerta y todas esas puertas tienen otra cosa en común: tras de cada una de ellas hay otra puerta, una que es de espejo, que no parece ser una puerta...
Sí, la clave está en esa puerta detrás de la primera puerta: para mirar dentro del otro, de ese que no somos nosotros, es preciso comprender que estamos frente a un espejo que también es una puerta. Cuando llegamos hasta ahí, hasta esa segunda puerta, luego de un corto trecho (sabemos ya que está enseguida de la primera) encontraremos nuestro reflejo.
Hasta aquí todo parece muy claro, sencillo: se trata de abrir la segunda puerta. El problema es que no siempre sabemos que lo que ahí vemos somos nosotros, atribuimos entonces al otro eso que de nosotros tememos. Se abren frente a nuestros ojos los abismos y, por supuesto, no suelen ser lindos, no porque nosotros llevemos dentro un infierno, sino porque asusta encontrarnos, tan de repente, abriendo puertas que son espejos.
En esa puerta nos vemos y es tan común el lugar que dan ganas de salir corriendo. ¿Quién quiere encontrar en el otro eso de lo que, al parecer, andamos siempre huyendo? La mayor parte de las veces emprendemos la retirada, cerramos la primera puerta, no siempre con cuidado, los portazos son frecuentes. Nos vamos con nuestro dentro a flor de piel: heridos de tan nosotros mismos. Apelamos al olvido, "los dentros deben siempre estar bien dentro", nos decimos, "nada bueno encontraremos en lo que desde la entrada anuncia abismos".
El lugar común no es, como creemos, la oquedad que buscamos desde nuestro vacío; el lugar común es el feliz descubrimiento de aquello que llena lo que hay dentro. Habrá que abrir la segunda puerta, romper el espejo, sabernos comunes: si dentro de mí hay un paisaje sereno, quizá dentro de ti, dentro de él, dentro de todos los que no somos nosotros, haya algo igual que no sea aquel reflejo.
Del río me tocó ser agua ©
Saber que del río te tocó ser el agua, lo único que en él no se queda quieto, lo único que no se estanca, lo único que mueve al resto (hasta donde quieren, hasta donde pueden, porque en ese paisaje les tocó ser la piedra por la que pasas).
Saber que, de cualquier forma, aunque te vayas y dejes en cada estación a los otros fragmentándose por oponer resistencia, volverás para mirar cómo siguen a la espera de algo que los mueva. Se mueven, sí, a milímetros, seguros de que llegarán lejos, y lo hacen, recorren distancias para ellos jamás imaginadas, logran, por ejemplo, irse adheridos en los pies de algún bañista hasta tierra firme; se entusiasman, nunca antes habían sentido, siendo lecho de río, el viento, tampoco habían escuchado sin eco el rumor de las hojas.
Durante un tiempo se sienten verdaderamente felices, lograron escapar del agua que les removía las entrañas, sueñan con hacerse tierra fértil para renacer plantas. Pero la arena no es sino fragmento de piedra, no llevan dentro semillas. Ahí están, quietos como deseaban cuando no sabían que hay deseos que matan.
Si tienen suerte, alguna corriente de agua desviada les conducirá de la mano un poco más lejos, muy a su pesar porque las piedras no gustan de transcurrir como el agua. Pueden llegar al mar y sentirse desdichados por acabar en el fondo. Entonces aprenden que fue partirse lo que les permitió seguir, vencidos se hacen arena y dejan que el agua los lleve hasta la orilla, donde tal vez haya otro pie que los devuelva cerca del río.
Saber que del río me tocó ser agua, lo único que en él no se queda quieto, lo único que no se estanca, lo único que mueve al resto (hasta donde quieren, hasta donde pueden, porque en este paisaje les tocó ser piedra por la que paso).
Saber que, de cualquier forma, por más que haya añorado ser una piedra, hacerme arena y viajar a veces en los tobillos, me tocó del río ser el agua. Me aquieto, sí, a milímetros, entre mi superficie y el abismo, mantengo entonces una estabilidad por mí antes no imaginada, quieta como deseaba cuando no sabía que hay deseos que matan.
Si tengo suerte, habito un tiempo en el medio del mar y sueño con ser la roca por mí lavada. Entonces aprendo que fue parirme lo que me permitió seguir, vencida me asumo sólo agua, voy a la superficie y me acuesto al sol, habré de lloverme en un par de días, lejos de aquí, sobre ese río, moviendo al resto (si quieren y pueden, porque son piedras y yo soy agua).
Saber que, de cualquier forma, aunque te vayas y dejes en cada estación a los otros fragmentándose por oponer resistencia, volverás para mirar cómo siguen a la espera de algo que los mueva. Se mueven, sí, a milímetros, seguros de que llegarán lejos, y lo hacen, recorren distancias para ellos jamás imaginadas, logran, por ejemplo, irse adheridos en los pies de algún bañista hasta tierra firme; se entusiasman, nunca antes habían sentido, siendo lecho de río, el viento, tampoco habían escuchado sin eco el rumor de las hojas.
Durante un tiempo se sienten verdaderamente felices, lograron escapar del agua que les removía las entrañas, sueñan con hacerse tierra fértil para renacer plantas. Pero la arena no es sino fragmento de piedra, no llevan dentro semillas. Ahí están, quietos como deseaban cuando no sabían que hay deseos que matan.
Si tienen suerte, alguna corriente de agua desviada les conducirá de la mano un poco más lejos, muy a su pesar porque las piedras no gustan de transcurrir como el agua. Pueden llegar al mar y sentirse desdichados por acabar en el fondo. Entonces aprenden que fue partirse lo que les permitió seguir, vencidos se hacen arena y dejan que el agua los lleve hasta la orilla, donde tal vez haya otro pie que los devuelva cerca del río.
Saber que del río me tocó ser agua, lo único que en él no se queda quieto, lo único que no se estanca, lo único que mueve al resto (hasta donde quieren, hasta donde pueden, porque en este paisaje les tocó ser piedra por la que paso).
Saber que, de cualquier forma, por más que haya añorado ser una piedra, hacerme arena y viajar a veces en los tobillos, me tocó del río ser el agua. Me aquieto, sí, a milímetros, entre mi superficie y el abismo, mantengo entonces una estabilidad por mí antes no imaginada, quieta como deseaba cuando no sabía que hay deseos que matan.
Si tengo suerte, habito un tiempo en el medio del mar y sueño con ser la roca por mí lavada. Entonces aprendo que fue parirme lo que me permitió seguir, vencida me asumo sólo agua, voy a la superficie y me acuesto al sol, habré de lloverme en un par de días, lejos de aquí, sobre ese río, moviendo al resto (si quieren y pueden, porque son piedras y yo soy agua).
Me tengo huerto ©
de nada más tengo certeza,
hay un paisaje pequeñito,
nada dentro de él es portentoso,
nada es recio, nada avasalla.
No soy un bosque frondoso e inescrutable,
con lunas llenas que triplican su tamaño,
ni llevo inmaculado el firmamento.
No tengo un río caudaloso:
soy un riachuelo con pocas piedras,
transcurro líquida pero en silencio.
No hay laberintos complicados,
sólo senderos que dan la vuelta,
un sola encrucijada: yo misma.
No tengo orquídeas,
ni malvas en el pecho,
sólo en las manos
un par de helechos.
No tengo primaveras
que en jacarandás estallan.
No tengo otoños
de amarillos y crujientes lechos,
ni veranos que quemen, ni áureos inviernos.
No soy desierto, ni dunas,
sólo la arcilla, un poco húmeda,
de un cuenco abierto.
No tengo selvas, no enredo lianas,
tejo pulseras con las raíces
más pequeñitas de un limonero.
No soy estepa, ni tundra,
ni hielo seco, ni mar adentro,
baja marea, una orilla tengo.
No soy la historia ni soy el cuento,
voy en palabras, sueltas y vagas,
falta la métrica, no voy cantando,
no llego a verso.
No soy mentira,
tampoco a medias,
ni la verdad está en mi centro,
no estoy ni soy, sólo me tengo,
así imperfecta, así por dentro.
No llevo fuego en parte alguna,
aunque mantengo un brasa pura,
rescoldo tibio, cenizas y muertos.
No tengo viento, ni altos vuelos,
subo las cimas, con pies pesados,
de un viejo almendro.
Me tengo agua, gota tras gota,
no soy montaña, me tengo huerto:
es tan pequeño, es tan mío, está tan dentro.
Lo que alguna vez fue destino ©
Esta noche encontré un nuevo surco en la palma de mi mano izquierda, sigue un rumbo poco habitual, del dedo meñique baja casi hasta el pulgar. Ayer no estaba, puedo jurarlo, es más, en este instante le doy mi palabra a ese camino recién arado a fin de que me crean: es sendero limpio, no proviene de mi pasado. Tampoco creo que tenga algo que ver con el futuro, a juzgar por la poca profundidad que tiene y, bueno, lo confieso: pasé la yema de mi dedo índice (el de la mano derecha) sobre él y descubrí que se borra fácilmente; es puro presente, estoy segura de que mañana ya no estará.
Sé que es notorio que estoy poco o nada sorprendida con el hallazgo, la verdad es que esas cosas me suceden con frecuencia y me he acostumbrado a saberme así, cambiante, a pedazos otra, con pequeñas modificaciones cada día que cualquier noche dejan de existir. A veces no es tan rápido el ciclo. Por ejemplo, un par de meses anduve con una peca nueva en la nariz, justo en el borde, amenazaba con caer sobre mi mejilla derecha y quedarse ahí para siempre, junto con las otras pecas que he tenido desde que nací, pero no, se fue, como se van esas apariciones, de pronto, sin mayor explicación.
Pero el surco es un poco distinto, lo es porque aunque sé que se irá más pronto que tarde, dentro de un par de horas a lo sumo, algo de destino tiene, de un destino que se está cumpliendo ahora mismo, sino impostergable por el que no he esperado, simple, llano, como la tinta, como el papel, como el monitor y el teclado de este artefacto que ahora me sirve para escribir.
El camino del que les hablo no es más que pretexto, nació para que me pusiera a escribir esta noche, así como lo estoy haciendo. Pienso mientras tanto que hay huellas que se borran, que la ausencia no siempre se mantiene presencia, que Derridá se equivocó esta vez: una puede, medio dormida, dibujar con un poco de tinta un sendero sobre la palma de la mano izquierda, descubrirlo la tarde siguiente y ponerse a escribir para que la línea descubierta se encarame sobre las falanges, haga espirales extendiéndose hasta las muñecas, para hacer de aquel camino incierto un dibujo, sin direcciones precisas, sin nombres; ese es el camino mediante el que borramos lo que alguna vez quiso ser destino.
Un texto sin título para un lector sin nombre

Para comprender los abismos, al menos para escribir sobre ellos, es menester distinguir cimas de simas. No basta adornar nuestras letras con encajes negros, ni describir con ellas sangre que corre por los muebles y las cortinas; esas escenas son poco dignas para quienes saben que el dolor no mancha: purifica como el fuego, es rescoldo, no llamarada, se vive con él como se cuida de las últimas brasas, no se predica de puerta en puerta para ganarse un sitio en el Cielo (en la esquina de los adoloridos que confunden narcisismo con melancolía, cinismo con nostalgia).
Adentro hace falta ser quien se es para aluzar el camino de regreso; en la superficie no se añoran los paisajes internos, esos los cultivamos con paciencia, bajamos de vez en cuando para ofrecer comida a los cuervos: no han de sacarnos los ojos, ellos son los ciegos. Pregúntenle a Poe, él sí sabía de corazones latiendo en el Infierno. Las rosas negras están de moda, son lindas pero los ribetes dorados de la vanidad excéntrica denuncian a leguas que sus portadores no conocen de Dante más de dos círculos. No, no se trata de leer a los Malditos a la luz de las velas, los candelabros sobran cuando conocemos la cara de nuestra sombra.
Hay tristezas falsas, de bisutería, como plantas plásticas a las que se añaden gotas de pegamento cristalino para que parezcan húmedas, recién regadas. Esas tristezas suelen recostarse en divanes aterciopelados, envueltas en amplios vestidos, oscuros y llenos de faralaes; de las mangas salen discretos brazos, con las muñecas delgadas y las manos largas, frágiles, perfectos para el montaje del próximo suicidio que no habrá de consumarse. A veces el set es una bañera llena de agua tibia que se entinta con el rojo sangrante de tres heridas calculadas con precisión; si se les pasa la mano, no se equivoque, fue un error de producción.
Las mentiras no pueden ser afiladas, tienen los cantos romos: hace falta vida para que sean puñales, hace falta mucho más para que sus orillas sean las de un diamante. Yo sí regalo a los puercos perlas, también margaritas, incluso fresas... No todas mis letras son amables, salen de las vísceras, ¿cuál es la necesidad de desollarse? ¡Ah!, el público exige un sacrificio, le encantan los cadalsos, mirar cómo ruedan las cabezas de cabellos ensortijados, cómo los cuerpos se agitan vaciándose de sí. Hablan entonces de abismos quienes interpretan el papel de víctimas, pero no saben que el piso de las fosas se recubre con romero, no han olido el copal de la muerte, no han escuchado a los difuntos cantar, no han recorrido el sendero que conduce a la gruta de los antepasados.
La ignorancia es atrevida, lo es más la de quien ignora que no sabe: lima con paciencia las orillas de aquella historia que le contaron, cree que con las piedras de río fabricará cuchillos de jade y de obsidiana, sueña con el día en que podrá consumar su venganza: será un héroe aclamado por las multitudes que le demandan justicia hecha por propia mano. Pero no sabe nada. No sabe, por ejemplo, que aquellos a los que piensa redimir fueron masacrados por los que ahora le cuentan cuentos... sin rendirle cuentas. Que le pregunte a José Revueltas, él sí sabía de geometrías, de los vértices donde se unen reaccionarios de derecha con supuestos comunistas, él sí leía mucho más que libros de señoritas princesas.
Siento decepcionar al "enemigo" (las comillas van a cuenta del derecho, por mí ejercido, a elegir quién es digno de semejante título en mi vida; por cierto, sobran las vacantes). No encontrará aquí reveses: este es un regalo, tal vez pueda convertirlo en búsqueda, la verdad asoma por todos lados, sólo hay que aprender a verla. Que la buena fe allane su camino y un día deje de estar tan confundido: le han engañado, lamento ser yo quien se lo diga, la historia no oficial es la oficial, así de perversos han sido. Cuídese de quienes le llaman héroe; como a usted, sin preguntar les da por hacer justicia.
Cada golpe del inexperto en lítica termina en arena, suaves lechos donde viven entre ópalos los caracoles, las catarinas, medusas coloridas; provienen de mi infancia, habitan en los túneles del abismo que yo sí conozco, que he recorrido con constancia desde niña y que hace mucho dejó de dolerme. Allí aprendí a buscar entre líneas la verdad que hoy me mantiene con la cabeza erguida, con las manos llenas para dar certezas que no son piadosas, que digo con nombre y fecha, porque nada hay que ocultar cuando se sabe, sí, de la sangre, de la propia, de la de los nuestros, pero también de la alquimia: sé transformar su arte lapidario en pequeñas piedras preciosas, alhajas con las que adorno mis tobillos para seguir viva, sé hacer del odio sin firma algo muy parecido, ya lo dijo usted, a la poesía.
Menstruo ©
Hace tiempo me pidieron que escribiera sobre la menstruación, sobre la mía, pero yo poco tengo que decir en exclusiva: como la mayoría de las mujeres, llevo conmigo dolores enigmáticos, misteriosos, llenos de algo que se siente como vacío. Las mujeres los traemos en los ojos, en la manos, en los vientres, en las piernas, en los senos, sobre nuestras espaldas. No, no cargamos el mundo, vamos junto a él. Eso, señores, suele ser un tanto doloroso.
La vida femenina es marcadamente cíclica: para nosotras no hay cambios que pasen desapercibidos, todos y cada uno llegan con su cuota de dolor. Pero no crea usted que sufrimos la vida o que vamos por ella agobiadas por lo que nos duele. No, es sólo que vamos junto a ella.
Para nosotras, la luna llena no es lo mismo que la nueva; alguna de ellas coincidirá con las mareas de nuestros cuerpos: sabemos bien cuándo crecemos y cuándo menguamos; sabemos también que ni crecer es por sí mismo bueno, ni menguar es por sí mismo malo. Es, sólo es, nosotras sólo somos, incluso si no estamos.
Las mujeres vivimos el dolor de una manera distinta. Hay poca tragedia en ello: de tan frecuente deja de ser noticia. Para nosotras, cada mes, durante la mayor parte de nuestras vidas, el dolor se asienta como podría acurrucarse un cachorro adormilado junto a su madre. No es un dolor que alerta, no indica enfermedad ni peligro, es sólo la señal de que vamos de la mano con la vida, de que vivimos, de que estamos, de que somos.
Es un dolor entrañable, de entraña, sí, pero también del alma que en las mujeres suele ser colectiva: desde antes, de más antes que el antes, las brujas han llenado nuestros días sangrantes con infusiones y semillas. Nada hay más sublime que la menarca de una chica acompañada de su madre; en un dos por tres, aparecen las bolsas de agua caliente con manzanilla para asistir a la hija adolorida que le recuerda lo mucho que está viva. No hace falta, el dolor pasará como baja la marea, igual.
Menstruar es como tener en casa un fantasma que aparece cada mes para tomar el desayuno con nosotras: nada hará que pase desapercibido, no intentaremos correrlo, puede incluso alegrarnos la visita; le dedicaremos el tiempo: viene a recordarnos algo que no es posible escribir, un secreto vital que todas las mujeres conocemos pero de la que ninguna sabe la manera de compartirlo.
Las mujeres menstruantes somos un misterio, llenas de algo que se siente como vacío. La sombra de aquel dolor seguirá en las manos, en los ojos, en los senos, en los vientres, sobre las espaldas, en las piernas que nos sirven para andar junto al mundo; se mantendrá ahí cuando no haya más meses de menstruo, porque el mundo es el cachorro que se acurruca junto a nosotras hasta el final de nuestras vidas; eso, señores, suele ser un tanto doloroso.
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