El dolor que forja, no hay duda: es femenino; lo es tanto como la nostalgia y el temple (mitad fuerza y mitad maña); lo es tanto como el dolor que causa olvidar, más que ser olvidadas. Las mujeres atesoramos el dolor, el nuestro y el de todos aquellos que nos duelen... vamos por la vida recogiendo sufrimientos ajenos para tatuárnoslos en el alma. Por costumbre, por macabras enseñanzas (busquen ahí al autor del feminicidio más grande de la historia), las mujeres siempre damos vida: cuando no sumamos a la especie, revivimos espectros y fantasmas. Es nuestra naturaleza: no sabemos cargar con los muertos.
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