
El
verano pasado creció un árbol en la cornisa del edificio. A
pesar de que hundió las raíces lo más que pudo, horadando el techo en busca de
algo que no fuera cemento y yeso, sólo alcanzó a hacerse rama; una sola, bífida.
Como horquilla leñosa que recoge el cabello del día, se mantiene ahí,
cadáver, no conserva las hojas. Hace un par de semanas comenzó a
llover; en la esquina de la sala se formó una gotera: clac, clac, se
escuchaba con precisión de relojero, clac, clac, insistía en caer
el agua sobre la maceta. Supervisamos el techo: no había nada que explicara la
lluvia por dentro. Pocos días después cayó un pedazo de yeso, dejó
desnudo el cemento; asomaron por el hueco las raíces, las más
pequeñas, hilachos vegetales sin vida conduciendo el agua con precisión, como
si lloraran la ausencia que antes les causara la muerte. Aunque difunta,
resultó ser cauce la rama. Clac, clac, se sigue escuchando en la sala;
dejamos de regar la planta de la maceta: mejor que por
ahora viva bajo el pedazo de cielo, regaló de aquel árbol que formó
aguacero.
Cuando lleguen las secas, me prometía
entonces, repararé el techo sin arrancar las raíces que nos hacen arcilla, “polvo
fuimos, no será en polvo que nos convertiremos”, me dije. La verdad
es que arribó un nuevo verano, con el sol vinieron algunos cambios: moví la
maceta a la esquina de enfrente, ahí donde la sombra la resguardara y en su
lugar coloqué un puff rojo-de-textura-suave,
tan gota como la lluvia nacida en cautiverio que acecha en mi rincón; ahí es donde
me siento a leer, obviamente cuando no está lloviendo.
El sitio que prefiero de mi casa es
un fragmento; quiero decir que no es una pieza completa, sino un pedazo de la
estancia. Como buen rincón, hace esquina; el vértice lo forman el muro
principal de la sala y el lado izquierdo del ventanal. No es raro que prefiera
la ubicación hacia el Sur, ni que una de las paredes sea transparente: algo
afuera me llama, no lo suficiente como para desear estar del otro lado, pero sí
con el afán de quien atisba el mundo con frecuencia. Cuando me siento ahí, recargo
la espalda en el último tramo de la pared que es blanca y mi costado derecho se
limita con el final del sillón más grande de la sala, de- tres-plazas-rojo desde
que cambiamos el tapiz original tan desecho como los retazos de vida que quedaban
poco antes de la penúltima mudanza. Frente a mí, lo suficientemente cerca como
para tocarlo con los pies si me estiro, queda el perfil de un mueble difícil de
clasificar: una suerte de cómoda larga con puertas corredizas, recubierta por completo con mosaicos de madera,
herencia obligada de mi madre que no supo qué hacer con ella.
La “cómoda”, incluso vista de lado,
me recuerda el andar de mi familia materna: al fin son gitanos, en cada mudanza
llevan consigo la caravana completa. Eso es exactamente lo que pasó cuando era
niña: llegamos a Ciudad de México trayendo hasta el último de los objetos que
amueblaban una casa enorme en Zacatecas y los metimos en un espacio mucho más
pequeño, para luego repartirlos entre los tres departamentos que ocupamos con
los años mi madre, mi hermano y yo. Así, aquellos muebles de “marquesita” (“un
estilo de carpintería precioso que ya no se hace”, diría mi madre) dejaron de
hacer conjunto y andan dispersos: en la casa materna el comedor, con todo y
trinchador, los sillones y la mesa de centro; en la de mi hermano el escritorio
y una mesa para jugar ajedrez (sí, adivinaron, con los cuadros del tablero
hechos en madera de dos tonos distintos); en mi casa, la bendita cómoda aquella
que no hace honor a su nombre y la cantina (“cuidado y se deshagan de ellos”,
sentencia mi madre, lo que explica por qué los seguimos teniendo, aunque
dejamos a las polillas la tarea, si es que un día se animan, porque mi madre
tiene razón: “son de una madera que todo lo resiste”).
Adentro de la
“cómoda-preciosa-y-resistente-que-ya-no-se-hace” y que hay que mantener como herencia
mientras las polillas sigan renuentes porque no es tan nada como algo ese
pinche mueble, hay pocas cosas, muy pocas: velas e inciensos: Arriba, en el centro,
el altar, o algo que yo llamo de esa manera: un contenedor cuadrado de madera
negra lleno con piedras y caracoles (de mar, de río y de desierto) que he
recogido en mis andares (tengo algo de los gitanos y sus caravanas); un espejo
redondo de obsidiana sobresale del pedregal y sobre él se sostiene una tupa
antigua que traje del Perú. En el centro de todo aquello coloqué una pelota de
madera (perfectamente redonda a pesar de haber sido hecha con navaja por un jovencito
rarámuri que me la regaló luego de que su equipo ganara la carrera en la que
fue usada) y un pequeño plato de madera (intercambiado por tres collares de
chaquira en el córima que entablamos
Kandra y yo en la Sierra Tarahumara).
Ahí, en ese altar, cuando hay luna
llena, dejo “serenando” el cuarzo del tamaño exacto de la mitad de mi palma que
me acompaña, de-nueve-cortes-rutilado-con-vetas-de-oro, diminuta galaxia tan caracola
pétrea como los espirales sonoros del Urubamba. Ahí, en ese altar, a veces
pongo una veladora blanca y un vaso con agua para mis muertos; enseñanza de mi
abuelo paterno que no era gitano, pero igual iba en caravana: lo acompañaban
sus difuntos, sin pesar, como yo ahora lo llevo. El rincón, como verán, conduce
a muchos sitios porque es entrada: desde él lo mismo se observa la sala o una
acera por fortuna arbolada, que el terreno de los sueños y el camino de los
muertos, ambos bienvenidos siempre en esta casa.
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