Prefiero el témpano ©
Prefiero el témpano al relámpago.
El témpano se sabe completo:
estruendo y caída al mismo tiempo.
El relámpago está escindido:
es primero trueno, sólo más tarde rayo.
Prefiero el témpano al relámpago.
El témpano se desprende ruidoso,
pero su grito no es un grito de auxilio.
El pobre relámpago anuncia el espectáculo:
"¡Escuchen, serán testigos de mi muerte luminosa!"
Prefiero el témpano al relámpago.
El témpano calla después de haber caído;
en silencio navega, se recompone,
gira y gira, siempre sobre sí mismo;
se deshace sin miedo, tranquilo.
Prefiero el témpano al relámpago.
El témpano vuelve al origen
cae cada nuevo día soleado.
El rayo es luz por un momento,
se apaga, no atina nunca a ser el mismo.
Prefiero el témpano al relámpago,
como prefiero el silencio frente al ruido,
Prefiero el témpano al relámpago
del mismo modo que me prefiero a mí,
cíclica y en silencio, recompuesta y caída,
en el curso de mis ríos. Más que luz soy agua.
Sin título y sin rumbo ©
no todas las plantas son buenas,
las hay con las hojas en punta.
De canto coloco las letras:
no toda palabra ilumina,
las hay que son todas penumbra.
De canto me lleno los labios:
no todo silencio es preciso,
los hay que son real precipicio.
Me canto y te canto en conjunto:
que somos ni buenos ni malos,
tenemos las sombras perdidas.
Afilo la punta de mi hoja:
soy planta con savia benigna,
de puntas enfrento la vida.
Escribo la letra imprecisa,
postergo el silencio sin prisa:
de hablar formaría acantilado.
Atrapo la sombra en un llano,
debajo de un árbol sereno
que un día frutal se hizo aldeano.
El pez de mi canto no canta,
resbala el instante, lo baja,
tan río es el pez como el agua.
Las olas que miro me miran:
de espejos he hecho mi balsa,
despojos de aquél desencuentro.
No soy ni el navío, ni sus armas,
mercante es la flota del alma:
doy, das, toma y daca.
No busques sentido en los versos,
que el rumbo han errado hace tiempo:
¿quién dijo "escribiendo me encuentro?
Batalla naval ©
Debimos darnos las coordenadas pero no lo hicimos porque el extravío nos conmovía. Era más emocionante buscar a ciegas, como cuando niños jugamos a adivinar el sitio exacto donde ubicaste los barquitos en un tablero que yo no veía: una letra y un número, ¿recuerdas?, si atinaba a la posición me hacía de tu flota que, decías, no era cualquiera. "Batalla naval", te gustaba el nombrecito y lo adjetivabas entusiasmado mientras yo me moría de pena: no me hacía gracia ganarte, ni en el juego ni en la vida.
El territorio del desencuentro es vasto, por eso yo estaba lejos, frente a un mar sin navíos, cuando decidiste ahorcarte; ¿lo decidiste?, me sigo preguntando. Ya no éramos niños: yo había renunciado a vaciar los foquitos de las series navideñas para dejarte dentro de ellos diminutos mensajes y tú llevabas años sin conseguir objetos raros que yo coleccionaba; habíamos crecido, tú más que yo. Éramos amigos pero parecíamos hermanos: no dejamos nunca de pelearnos, tampoco de firmar la paz, literal, y literariamente porque también escribíamos juntos.
¿Por qué te mataste?, pregunto por no dejar de hacerlo pero la verdad es que el silencio de tu muerte fue cubierto por mis muy razonables explicaciones hace mucho tiempo: esquizofrenia, dijo alguien, pero no, no fue aquel delirio el que te mató sino tu enorme deseo por no ser quien habías sido. ¿Por qué semanas antes me dijiste que lo harías, si nunca antes me decías algo que yo pudiera considerar una certeza? ¡Qué cabrón!, sabías que no te creería...
Para mí no te moriste en ese momento, de pronto dejaste de estar: tu funeral fue mientras yo tomaba el sol y seguramente un par de cervezas. Cuando volví de viaje habían pasado muchos días, así que me costó matarte: te volví sólo ausencia, una indeterminada, sin mucho sentido, para siempre pero en mi cabeza quién sabe. De alguna manera te agradezco la distancia que me permitiste, que me ahorraras el velorio y los detalles dolorosos. De cualquier forma me dijeron más de lo que debían: el cordón de las cortinas, tu oficina en fin de semana, la camisa azul con pequeñas flores, tu mano izquierda que olvidaron meter dentro de la sábana que te cubría.
No me sentí culpable por haberte dicho que si querías matarte lo hicieras, me alegra incluso no haberte creído y darte esa respuesta, de lo contrario las cosas habrían sido muy distintas pero no en lo fundamental: muerto estarías igual, nunca me hiciste caso. ¿Y si vivieras?, me pregunto de vez en cuando. Te imagino guapo como eras, pero más, más guapo porque estoy segura que el tiempo te favorecería. Si supieras: lo que duele a los 26 no duele más pasados los 30, incluso antes es posible sanar ciertas heridas o, mejor aún, vivir feliz a pesar de ellas. Mírame a mí, pensándote sin dolor a pesar de que te me volviste ausencia.
Durante mucho tiempo me costó dormir tranquila, temía volverme loca y atentar, como tú, contra mi vida. Me enojé contigo, sí, no puedes culparme por eso: me quitaste al cómplice que tenía cuando era niña y muchos años después me hiciste falta, cuando ya tenía la edad en que tú moriste y a mí la vida me pasaba por encima. Recuerdo haberme sentido desvalida, hacerme un ovillo y revivir cómo te consolaba cuando de noche ibas a mi cuarto a decirme que escuchabas pasos: "shhh, ya, no pasa nada, acuéstate a mi lado, no viene nadie, tranquilo". "Ya, no pasa nada", me decía a mí cuando sentí que yo también podía matarme y tú no estabas para acostarme a tu lado, me lo debías.
Me sigues haciendo falta, aunque ahora te contaría de la alegría. ¡Qué cabrón!, dejaste que se fueran contigo nuestras risas, eran muchísimas, imagina cuántas más habríamos sumado. Te quería, supongo que te quiero todavía, pero hace tanto no estás que no sé si te querría igual. Nunca he ido al nicho donde pusieron tus cenizas; ni lo haré, yo sí te aviso de mis planes tal como hacía cuando vivías. Alguna gracia tiene que estés dentro de una iglesia, eras ateo aunque a veces con tu abuela fingieras: ahora estás con las cenizas de ella y supongo que si te pienso de algún modo vivo tendría que reírme contigo porque sigues fingiendo.
No estás, ya lo sé. Lo que no sé es por qué hoy me ha dado por escribir como si me leyeras: no estoy triste, dejé de estar enojada, aunque no olvido los detalles no me demoro en ellos, bueno, sólo en uno: la tortuga, ¿te acuerdas?, la tortuga de peluche que te llevabas de mi casa cada que podías, cuando no me daba cuenta, la tortuga que yo regresaba de la tuya cuando te distraías. ¡Qué cabrón!, te mataste cuando tenías la bendita tortuga tú... Intenté por varios medios recuperarla, era lo único que podía querer conservar de ti, y de mí porque mía era... Nadie me dio razón de ella. ¡Ríete!, sé que lo harías si supieras que cuando todos hablaban de ti en medio del dolor, del vivo espanto, yo encontraba formas ridículas para preguntar por la tortuga de la que nadie sabía.
Esta noche, por razones desconocidas, un poquito de delirio se ha colado en este estudio y me dio por recordarte, por escribirte, por traerte de nuevo acá aunque no escucho tus pasos (¡y ni te atrevas!), aunque ni así te acercas. Disculparás que deje esta carta inconclusa, pero así dejaste la vida... ¡Qué cabrón!, te mataste y así te queremos todavía. ¡Olvídalo!, no te daré las coordenadas, te extravié en el vasto territorio del desencuentro, estás muy lejos. Mi gusto por conservar objetos raros no ha disminuído: tengo uno de tus barquitos, es verde; por momentos lo miro, sólo cuando me acuerdo y muero de pena por haberte ganado, sí, en el juego y en la vida.
El cántaro ©
El cántaro no se rompió:
estaba roto desde antes.
El cántaro y sus fisuras,
estaban ahí enterradas.
El río por ahí pasaba,
de paso iba con su agua.
En llanto rompió el río.
El cántaro no bebía.
El cántaro no cantó.
El río lloró de rabia.
Ninguno iba ni venía.
Fue y vino no más la vida,
la vida que viene y va,
que canta con rota arcilla.
Escribir ©
Recolectar las palabras igual que los pájaros cuando adornan su nido. Se trata de volar en franco desafío al vértigo, mirando detenidamente el vacío entre una y la tierra, entre una y las rocas, entre una y los ríos que de lejos parecen largas cintas de plata, entre una y la hirviente laguna de un volcán que se niega a mostrarse extinto, que humea azul lechoso, bruma-espuma.
Se trata de tirarse en picada cuando oteando distinguimos al pie de una palmera la joya que amenaza con partirse en medio de la marea, ir por ella aunque el viento vaya en contra y las alas se nos plieguen alizadas contra el cuerpo que siente frío, que se acalambra. Se trata de volvernos pico y garras precisas, fuertes pero delicados, capaces de tomar el esqueleto seco de un pequeño crustáceo verde y negro, quizá naranja.
Se trata de no tocar el piso de agua, de no estrellarnos contra la dureza de la emoción que ahoga, de no dejar por ahí las vísceras, de no entintar con nuestra sangre aquél pedazo de mundo que miramos desde arriba y que al bajar se volvió más grande, amenazante incluso derruido. Se trata de ir a ras y a contracorriente al mismo tiempo y para eso no sirve tratar, sólo hay que hacerlo. Se trata de acercarnos a la muerte estando tan vivos y a la vida cuando muertos nos creemos.
Remontar la ola de aire no es más sencillo, se trata de volver a las alturas y siempre arriba hace más frío; a veces se congela aquella letra que pende de nuestros garfios ateridos, pesa mucho más de lo previsto. Se trata de cargar con los tesoros que se hacen baúl cerrado a plomo en el camino. Se trata de surcar en vuelo de alto senderismo, donde no hay rumbo, ni mapa, ni tierra, ni lago, ni roca; se trata de volar en el vacío. Arriba sólo somos el cielo y nuestro abismo.
Volver a aquella rama que nos sirve de entrepiso es el triunfo de quien vuela en busca de sí mismo; no, la incursión no culmina con el descubrimiento, nada descubrimos. Se trata de inventarnos, de adornar el vacío que somos incluso cuando no volamos, se trata de mirar con alegría y hacernos por un tiempo nido, ahí, entre una y la mañana que se asoma, entre una que es hoja y savia, entre una y las palabras. Escribir, de eso se trata.
Implotar ©
Alguna vez estuve entera, creo, al menos así lo parecía; quizá es sólo que entonces no me fijaba en las fisuras con la misma atención que hoy me demandan. Supongamos que estuve entera (sea que lo haya estado o no, ahora estoy cierta de que voy rota). Supongamos que estuve entera, decía, el asunto es que en este momento y desde hace mucho tiempo no lo estoy, o sí, pero no como una pieza. Podría decir que estoy restaurada, pero la verdad es que hablar de restauración es un tanto soberbio y una vil mentira: nunca he sabido unir mis pedazos de manera que parezca que no hubo daño; se me notan las uniones y no siempre he recuperado todos los fragmentos, así que el resultado está lejos de ser perfecto, pero tengo defensa y es que no he pretendido jamás ser perfecta.
Restaurada, dije porque no encuentro mejor manera de describir el territorio accidentado en el que me he ido convirtiendo a fuerza de deslaves. Paciencia sí he tenido y la virtud de cargar con mi tierra de vuelta hasta la cima, no siempre con toda, pero sí con la mayor parte. Eso explica que haya en mí cúmulos imprevistos en el camino, tan sorprendentes que hasta yo que los conozco caigo de bruces de pronto si no me fijo por dónde ando ese día; y es que sí, no todos los días habito de mí el mismo lado: a veces amanezco chueca, me levanto con el pie equivocado, ando cojeando tarde y noche, todo el tiempo, hasta que vuelvo a acostarme.
Decía también que en otros tiempos no me miraba las partes gastadas, ni las rotas, mucho menos aquellas que fueron robadas (porque sí, hurtos han habido, varios, más de los debidos quizá). Hace no tanto noté que no era la pieza entera que creía: iba cambiando, quizá desde el primer día de mi existencia, pero no me enteraba de ello, no lo pensaba. Tampoco es que lo piense mucho ahora, pero es que no hay manera de que pase desapercibida la transformación cuando es necesario detenerse a levantar lo caído, a entablillar lo fracturado, a dar un par de puntos a la parte que se desprende. En fin, llega un momento en que buena parte de nuestro tiempo lo pasamos encontrándonos las heridas y haciendo un recuento de las cicatrices; también, claro está, acariciando nuestras partes sanas, esas que todavía son sensibles.
Recuerdo con claridad el día exacto en que supe que se avecinaba esta labor cotidiana de revisarme palmo a palmo para rescatar lo que haya quedado en el camino y seguir, mal que bien, entera... Aunque rota; remendada, con reparaciones a modo. Ese día era uno de tantos días de un duelo más largo de lo aconsejable: restaba ya varios kilos de lo que había sido mi cuerpo, procuraba restablecer las horas de la comida y las de sueño (pues mucho no comer y no dormir no habían sido de ayuda); me sentía frágil, desarmada, me costaba mirar el sol tanto como mirar la luna (de hecho no veía nada que no fueran mis manos por horas). Estaba fuera de casa (algo inusual en ese tiempo), alguien me había convencido de salir y yo esperaba, más que sentada rendida, en los escalones de la entrada al edificio donde me refugiaba (no sé de qué porque no llovía, no sentía fuerza para dar un paso más allá estando sola, creo que me refugiaba del mundo). Como no solía mirar allende mi propio cuerpo porque me sentía mareada, comencé a observar un mechón de mi cabello con el que jugaba: ¡ahí estaba!, ¡una cana!, ¡mi primera cana!
Ayer amanecí de lado; para no seguir cojeando me puse hoy a escribir sobre el mapa deslavado. No, se equivoca usted: no sigue a continuación el discurso de una mujer que pelea con el paso de los años, que se tiñe el pelo, que se entristece pensando en el tiempo que pasa por sus manos, por su cara. No, se equivoca usted: no es que no note desde entonces las siguientes canas, las arrugas, las líneas de expresión, las curvas de un cuerpo que deja de ser joven; noto todos los cambios y no siempre me gustan, pero los celebro. Sí, no se equivoca usted, hablo de celebrarlos como se celebra un cumpleaños, el mío que se aproxima, con alegría, al menos en mi caso. Alguna vez estuve entera, creo, supongamos que lo he estado, pero me prefiero rota, así, en mi versión mal restaurada: pongo atención al mundo ahora más que a mi manos, miro de frente; sé que ese día, con esa cana, comprendí que iniciaba por fin el camino de quien sería y soy, de quien iré siendo. Implotar no es una tragedia, todo lo contrario.
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