Las historias ©

A Bettina Bugeda, apalabradora de historias.

Sin más remedio, a las historias hay que apalabrarlas, aunque al final, la verdad sea dicha, el acuerdo terminará en mal trato. Las historias son mañosas: a veces, vestidas de capital H y como si fueran ciertas, se autoproclaman oficiales. Otras historias, más pequeñas, no buscan fortuna ni poder y son como el agua: huidizas transcurren entre los escombros dejados por los últimos derrumbes.  A esas, las acuáticas, hay que esperarlas de noche: les gusta la luna y se asoman a mirarse en ella. De nada sirve contenerlas: por más hermoso que sea el estanque, morirán podridas si se quedan quietas; lo prudente es abrir nuevos cauces de orillas amplias y suaves pendientes que las tienten a pasar.

Las historias diurnas, también minúsculas, muestran sólo una pequeña parte de sí cuando se dejan ver: la esquina de una frase, la última sílaba, la primera vocal o un diminuto acento que brilla por el medio de la corteza de un árbol, reflejo del sol . Con suerte, alguna de ellas se descuidará y podremos cazarla... con cuidado, igual que haríamos con un insecto al que deseamos atrapar sin matarlo en el intento (¿porqué querrá alguien dejar vivo algún bicho desconocido, que igual puede ser horrible que bellísimo, inofensivo que venenoso?, será que, como a los gatos, la curiosidad mata escritores).

El que cuenta desea atrapar (primero la historia, luego al lector), pero siempre, sí, siempre, se enreda con el mismo sedal del que intenta sacar ilesa a la incauta presa... termina cautivo, otra vez sin remedio. Es entonces que inician los acuerdos de paz,  sólo que en esta batalla suplicamos al enemigo: "¡por favor, no te mueras!... Ahí estamos, en la trampa, mirando a los ojos a esa pequeña bestia que se sabe vital: "si me dejas aquí, tú también te quedas". Sí, las historias son ingratas y les falta compasión... las letras se parecen al amor.
Al final, las historias tienen diversos destinos: algunas se dan el tiro, lo peor es que sin gracia; otras naufragan, las menos alcanzan alguna orilla y nos observan friamente, recostadas, plácidas en el límite de la pasión... de la nuestra, porque ellas no saben de eso. Pero todas, sí, todas, todas las historias, se escriben.. yo sólo las miro asombrada.                     

1 comentarios:

Carolina Estrada dijo...

Qué raro y qué fuerte es hablar sobre escribir. Quien lo hace parece desnudarse todavía más de lo que ya lo hace por el simple hecho de escribir; es un ser impúdico y exhibicionista. Tú logras que esa desnudez sea límpida, clara y sencilla, bella.