Las cosas de mi abuelo (Quinta parte)©

Mi abuelo tenía secretos, un par de ellos se revelaron a su pesar después de muerto. Tenía un segundo nombre para nosotros desconocido, un nombre feo, casi cómico, que se prestaba a los chistes de mal gusto. Supongo que a él no le hacía gracia tenerlo, pues lo ocultó en serio: apareció escrito en una credencial que guardaba en un cajón, debajo de muchos otros papeles y envuelta con una bolsa plástica negra. Mi hermano la halló, no sé cómo ni por qué; cuando me la mostró pensé que era como si hubiera escondido mi abuelo la evidencia de un crimen que cometió alguien a quien se quiere mucho. Otro de sus secretos lo hice mío,  por eso me siento con el derecho a mostrarlo: el amor oculto que le profesó hasta el día de su muerte una mujer... ¡que no era mi abuela!

"A tu abuelo yo lo quise mucho, mucho, mucho", me dijo una anciana desconocida hace algunos años cuando yo caminaba con mi madre por las calles de su pueblo. Por un momento pensé que era una más de las personas que habían querido a mi abuelo porque a él lo quiso medio mundo, como se quiere a la gente que es buena de verdad, desde dentro. Sin embargo, ella pronunció esas palabras de tal modo que parecían hechas de terciopelo, las pronunció además con todo el cuerpo: con sus manos cálidas y suaves que sostenían entre ellas una mía, con la mirada más linda que he visto, con la sonrisa del amor que nunca fue correspondido. "Te pareces a tu abuela, eres bonita", alcancé a ver un dolor pequeñito que se asomó desde el fondo de sus ojos.

"Sí, fue novia de tu abuelo", me dijo mi madre adivinando como siempre mi pensamiento. "La dejó casi en el altar; conoció a tu abuela y cambió de novia para la boda. Ella nunca se casó, lo esperó toda la vida pero él ni viudo volvió". Mi abuelo sabía guarecerse de los malos tiempoS no sólo con la ropa: nunca hablaba de lo que dolía, quizá por eso se murió a destiempo, sin que supiéramos siquiera que estaba enfermo. Un crimen cometido por quien más quiero.

Las cosas de mi abuelo (Cuarta parte)©

Más allá del retorno a su gente y a sus recuerdos, los constantes viajes a su pueblo tenían otro propósito: mi abuelo llevaba siempre consigo una bolsa repleta de todo tipo de “remedios” para las personas que durante la visita anterior lo hicieron partícipe de los males que les aquejaban. Íbamos de puerta en puerta entregando corteza de hormiguillo que mejoraría el hígado de Chela, marihuana macerada en alcohol para aliviar las “reumas” de las tías Campos, “chochos” homeopáticos para las dolencias de doña Régula, vitaminas que a sus 103 años seguramente harían falta a don Austroberto, ciruelas deshidratadas para que Chucho dejara de fumar teniendo literalmente la boca ocupada en otra cosa.

Fue en Santa Mónica, el poblado en el que mi abuelo había ejercido como maestro rural, donde supe a ciencia cierta que él no era simplemente distribuidor de “remedios”: en esa localidad se le consideraba como portador del don para curar; “él sabía”, asegura la gente. Sólo entonces adquirieron sentido algunos de los hábitos de mi abuelo que hasta ese momento yo había interpretado únicamente como costumbres compartidas con sus paisanos: “barrernos” a mi hermano y a mí pasando por nuestros cuerpos veladoras que encendía inmediatamente después en la iglesia, dejar vasos con agua en su casa justo antes de nuestro retorno a Ciudad de México, revisar cuidadosamente los cruces de caminos por los que pasábamos, donde era usual encontrar tirados ramilletes de hierbas, huevos y hasta gallos sacrificados, prohibirnos el consumo de algunos alimentos cuando estábamos enfermos o después de ciertas actividades, la insistencia con que preguntaba si me había caído cerca de una poza y las largas caminatas por el monte recolectando plantas.

De entre todos sus "remedios" había uno que provocaba en nosotros, sobrinos y nietos, salir corriendo: caléndula macerada con aguardiente, un potente cicatrizante que no fallaba pero que ardía al contacto con la piel herida de un modo atroz. Mi abuelo no perdonaba raspón alguno, grande o pequeño sería tratado con el líquido quemante que traía en un frasquito color sepia: lo aplicaba a mansalva, sin gasas o algodones de por medio, directo de la botella sobre la herida abierta. 

Creo que en mi familia no hay alguien que no tenga entre sus memorias alguna de esas sesiones curativas de mi abuelo con aquella medicina eficaz e infame. No quiero pensar en lo doloroso que será ese recuerdo para el primo que se cayó del caballo y se raspó el rostro completo, sólo sé que cuando vimos a mi abuelo llegar con el frasquito de caléndula los demás niños cerramos los ojos para no sentir en carne propia el tormento; eso sí, mi primo es guapo y en su cara no hay ni rastro de aquel suceso. 

Yo recuerdo cuando me dio por probar el control de mi mente: convencí a una prima de que yo podría recostarme en traje de baño sobre la loza ardiente (por el sol a medio día) junto a una alberca, soportando con mi espalda lo que ni los pies soportaban. Terminé con la espalda llena de ámpulas. Mi abuelo llegó a socorrerme con la temida caléndula en mano. La tortura fue doble porque, además, se dio a la tarea mi querido abuelo de reventar con una aguja primero cada una (sí, una por una) de las ampollas.


A nuestros a gritos mi abuelo replicaba con serenidad: "ya, ya, con esto no te quedarán marcas"; es cierto, las cicatrices que tengo en el cuerpo son de tiempos en los que mi abuelo ya no estaba, de otro modo serían inexistentes. A veces me miro las marcas y pienso que también por eso digo que mi abuelo se murió antes de tiempo.

Las cosas de mi abuelo (Tercera parte)©

Tenía mi abuelo un abrigo del color de las almendras, era de pana gruesa. Cuando me sentaba sobre sus piernas mientras él platicaba con alguien, yo me entretenía acariciando con un dedo cada rayita de la tela de su abrigo, a contrapelo para ver cómo se oscurecía un poquito; "no lo despeines", decía él, y alisaba con la palma de su mano las partes en las que yo había andado haciendo surcos. Me gustaban también los botones del abrigo: estaban forrados con unas cintitas de piel que se entrecruzaban, pero cuando los acariciaba no cambiaban de tono y eso me aburría. Entonces me ponía a mirar desde su cuello al interior del abrigo que traía él puesto, se asomaba la tela de la camisas que abrochaba hasta arriba como si fuera un seminarista y sobre de ella el estambre del chaleco; para ver más, yo pinzaba con dos dedos con mucho cuidado la tela de la camisa entre dos botones. la alzaba para que se abriera un pequeño hueco desde el que podía ver un pedacito de la camiseta de algodón que usaba siempre como prenda interior. 

Lo que más me gustaba de esas incursiones entre la ropa de mi abuelo era descubrir el hilo color marrón del que pendía su escapulario; lo jalaba hasta sacar el cuadrito con la imagen religiosa, tratando de sentir qué llevaba dentro (porque algo tenía, se sentía, aunque hasta la fecha ignoro qué llevan dentro los escapularios, una más de las preguntas que me habría gustado hacer a mi abuelo). Casi siempre en ese momento terminaba la conversación que él sostenía y me bajaba de sus rodillas para irnos, por eso no recuerdo de qué era la imagen.

Mi abuelo andaba forrado con ropa, es la palabra precisa, así lo decía él: "para aguantar el frío hay que andar bien forrado"; sí, el frío le hacía los mandados, el calor también, yo creo, porque ni con sol mi abuelo se despojaba de su envoltorio. Solía usar un sombrero "tipo texana" y para la lluvia tenía una funda plástica con la misma forma del sombrero que se sostenía con un resorte por dentro; de todos modos siempre cargaba con paraguas. El paraguas le servía para mucho más que para cubrirse de la lluvia: hacía las veces de bastón (entonces se escuchaba como un pequeño relojito el golpeteo de la punta metálica sobre las aceras) y también de arma secreta cuando el metro iba muy lleno; se abría paso literalmente a punta de paraguas, no golpeando porque mi abuelo era incapaz de esa violencia llana, bastaba con poner aquel artefacto de manera horizontal entre nosotros y el resto de la gente para asegurar el espacio vital (más de una vez hubo necesidad de cambiar de paraguas porque al abrirlo descubría que con los empujones había dejado de estar recto).

Que mis recuerdos sean más nítidos sobre la parte de arriba de mi abuelo lo atribuyo a que él era muy alto y a que yo pasaba mucho tiempo entre sus brazos. De la cintura para abajo a mi abuelo lo veía poco: sólo cuando llegaba la hora de dormir y se sentaba en la orilla de la cama donde yo ya estaba acostada; me hacía rodar un poco por el declive que formaba con su peso, porque mi abuelo también era muy gordo, a mí me parecía como un oso. Usaba pantalones de vestir (siempre muy formal mi abuelo) y calzones largos y holgados, con botones en la bragueta (hoy serían unos boxer muy modernos). Recuerdo mejor sus calcetines, siempre negros y delgados, livianitos, todos iguales. Sus zapatos eran grandes y pesados; sus pies acicalados con esmero: tenía un estuchito negro donde guardaba un diminuta tijera y una pequeñísima lima con las que se arreglaba las uñas (me divierte pensar que mi abuelo hacía cosas que hoy son de "metrosexuales" pero que entonces eran de "caballeros"). 

Pulcro como pocos, mi abuelo era sin embargo muy sencillo, simple en sus cosas; no tenía ropa de más y no se andaba con rodeos: la ropa interior toda igual, la de fuera que abrigue. Pero ese hombre de cabello siempre corto, de ropa formal incluso en domingo, llevaba lo travieso en las bolsas de su abrigo. Traía siempre caramelos para nosotros, pero también para granjearse la amistad de dos perros bravos que custodiaban celosos la casa de mi tío en el pueblo: como la puerta estaba lejos de la casa y nunca se escuchaba el timbre, mi abuelo había enseñado a los perros que si lo dejaban pasar les regalaba un caramelo. Un día fui a esa casa sin mi abuelo, me acompañaba un primo que le tenía terror a aquellos perros, yo lo había convencido de que podríamos pasar sin peligro porque les daría un caramelo. No funcionó: los perros me dejaron entrar a mí sin problema pero mordieron a mi primo, un desastre. No eran los caramelos lo que los perros querían, era a mi abuelo que además de dulces los acariciaba y les hablaba con cariño, igual que yo lo hacía porque él me había enseñado a hacerlo. 

Las cosas de mi abuelo (Segunda parte)©

"Al negrito, ponla en la alcancía del negrito", me decía mi abuelo señalando la estatua de San Martín de Porres mientras me daba una moneda. Todos los domingos se repetía la escena en la iglesia de Santo Domingo. Nunca supe por qué mi abuelo tenía clara preferencia por el santo mulato pero a mí también era el que más me gustaba. Cuando entro a alguna iglesia me da por buscarlo, me decepciona que no esté; de un tiempo para acá lo desbancaron, será que nunca fue de los importantes pero para mi abuelo lo era, al menos era al único que le dejaba dinero.

Me habría gustado preguntarle a mi abuelo sobre San Martín de Porres, atesorar la historia que había tras su descarada preferencia: pienso que hay algo de rebeldía en ella, como si el color y la aparente poca importancia que aquel santito tiene para la Iglesia hicieran que mi abuelo lo quisiera más que a los otros. Nunca sabré porque mi abuelo murió demasiado pronto, antes de que a mí la edad me permitiera interesarme por sus cosas: la muerte es jodida por eso, porque nos roba siempre antes de tiempo a quien luego nos hará sin remedio falta. Tampoco tuve edad suficiente para un día, aunque fuera nada más una vez, robarle la moneda a San Martín de Porres y sumar secretos a la confesión que nunca haré a un sacerdote.

Mi abuelo no logró que yo me hiciera católica, ¡y vaya que puso empeño!: me llevaba a misa siempre que podía, intentaba que me aprendiera los rezos, me persignaba con agua bendita y me hacía besar la cruz que formaba con sus dedos. Yo iba sin quejarme, me paraba, me sentaba, me hincaba cuando todos lo hacían pero guardaba silencio porque no lograba aprenderme bien lo que había que decir; de pronto recordaba alguna frase y entonces casi la gritaba para que me abuelo se pusiera feliz viendo que yo rezaba: "Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa", declamaba yo como si fuera poesía pegándome con el puño cerrado sobre el pecho, a veces de manera tan teatral que arrancaba un par de sonrisas en las personas que estaban cerca y una mirada con la que mi abuelo procuraba reprenderme sin lograrlo porque tenía los ojos dulces.

Para darle gusto a mi abuelo, un día se me ocurrió pedirle a mi madre que me inscribiera en el curso de catecismo que había en una iglesia cercana a mi casa. Luego de mucho insistir, jurando en vano como la buena pecadora que siempre he sido que luego de eso haría muy solemne mi Primera Comunión, mi madre accedió a pesar de que ella no es católica, yo creo que porque sabía que yo tampoco lo sería. Asistí a la primera sesión, la pasé platicando con otra niña, cuando me reí el sacerdote me agarró de una oreja y me sacó de la iglesia; jamás volví y mi abuelo ni se enteró de que había intentado darle gusto. Eso sí, mi hermano gozó por semanas la anécdota y hasta la fecha me dice entre risas "¿te acuerdas de cuando querías ser mocha?". ¡Qué bueno que no lo logré!, estaría hoy más desterrada que San Martín de Porres y mi abuelo se habría muerto igual, antes de tiempo.

Las cosas de mi abuelo (Primera parte)©

No miro nunca dentro de los ataúdes porque en ellos no está ya lo que de la gente quiero: la vida. Esto lo aprendí mirando el cadáver mi abuelo: yo tenía 11 años y había perdido a la persona que más he amado. Mi abuelo murió demasiado rápido, antes de tiempo y casi de un día para otro, de pronto la muerte se lo había llevado. 

Timbró el teléfono en casa, contesté yo, una tía me pidió que la comunicara con mi madre; yo no sabía de presentimientos pero ese día algo en el tono de la voz de aquella tía me animó a escuchar desde el otro aparato telefónico la conversación que iniciaba mi madre: "murió", escuché, supe que hablaban de mi abuelo y colgué, pero no entendí lo que eso significaba. Entró una nueva llamada que mi madre contestó: mi hermano le daba la misma noticia y le decía que estaba por venir alguien por mí. Mi madre me alistó para que yo asistiera al funeral.

Recuerdo ir en la parte trasera de una camioneta en la que también iba mi padre; yo sostenía entre mis manos un muñeco de peluche que alguien me dio, ahora sé que a modo de consuelo. No estaba triste porque no entendía lo que pasaba, era la primera muerte en mi vida: me entretenía mirando de noche la carretera que recorrí muchas veces con mi abuelo rumbo a su pueblo, siempre de día: parecía otra, no había manera de buscar el árbol más lejano como él me había enseñado a hacerlo para evitar marearme con el movimiento del automóvil ni de buscar figuras en las nubes para contarle a él que una de ellas había un gatito o una tortuga, pero sí olía el bosque y yo distinguía los olores porque mi abuelo me había dicho cuándo lo que olía era un zorrillo y cuándo era el musgo mojado porque había llovido; aquella noche descubrí que había también otros olores: el de las flores nocturnas, el del cadáver de un perro atropellado que nadie levantó, el de los grillos apachurrados sobre el asfalto que me daban pena porque esos los había visto vivos cuando vivo también estaba mi abuelo.

A mi abuelo lo velaron en la casa de uno de sus hermanos: en el centro de la sala estaba su ataúd abierto. No sé por qué me animaron a acercarme, me dijeron que debía darle un beso a mi abuelo para despedirme; lo hice, me acerqué despacio y miré adentro de esa caja, pero no vi en ella a mi abuelo, vi su cuerpo pero no era él, estaba segura de que alguien se había equivocado pero no me atreví a decirle a nadie lo que sucedía: parecían todos tan tristes, tan dispuestos a seguir llorando, que no me pareció prudente hacerles notar que dentro del ataúd no estaba mi abuelo aunque estuviera su cadáver y se le pareciera tanto. Me acerqué pero no le dí un beso como habían ordenado: dije muy quedito en el oído a aquel muerto para que sólo él me oyera: "ya sé que no eres tú, tú ya te fuiste de aquí". Desde aquel instante supe que lo demás era lo de menos, por eso me fui al patio a mirar a los gansos, de lejos porque mi abuelo me había contado entre risas que cuando era niño un ganso lo había correteado, que eran como perros, guardianes de las casas pero nada amistosos.

Al día siguiente hubo una misa, la primera en la que comulgué aunque nunca hice la Primera Comunión y jamás me he confesado. Recuerdo un tenue sabor dulce que me alegró un poco y luego el lío de intentar no hacer muecas por no poderme tragar la hostia que se pegaba al paladar. El ataúd estaba otra vez en el centro y ahí dentro el cadáver sin mi abuelo, pero tampoco entonces le dije a nadie que yo sabía que no estaba en él mi abuelo. De ahí salimos rumbo al panteón; por supuesto, hubo un entierro y hay una tumba que nunca visito. Me despedí de él varios días después cuando sentí que por la noche se sentó en mi cama, cuando lo vi cruzando la avenida rumbo a mi casa, cuando sonó el teléfono y del otro lado hubo un largo silencio sin que yo colgara. Con mi abuelo hablo en sueños, en uno de ellos me dijo que escuchó cuando le dije que no estaba en ese muerto, nos reímos juntos recordando aquél secreto.

A pesar de la certeza de que no era él, no he podido olvidar el cadáver de mi abuelo, la sensación de estar velando a alguien desconocido, la rareza de saber que más que alguien es algo: el cuerpo vacío, la ausencia de vida, eso que llaman muerte. En defensa de lo vivo me propuse hace unos días reunir en mi memoria (y en este texto) los recuerdos que conservo de mi abuelo, de su vida, de quien era y sigue siendo la persona más amada en mi historia, la única con la que me confieso para seguir comulgando si por casualidad un día me encuentro dentro de una iglesia cuando se están repartiendo hostias a las que vuelve dulces el sabor de la transgresión secreta. A mi abuelo no le hubiera gustado eso, tenía sus cosas: era católico en serio, pero también el ser humano más bondadoso sobre la Tierra.

Orillas hay siempre ©

A Natalia Carrillo. 
Gracias por la metáfora. 
Te digo y me digo: orillas hay siempre.

Dicen que en la escritura hay que prescindir de lugares comunes, de balsas y de mares agitados, del naufragio, de la tormenta, metáfora indeseable para decir que te arrasa la tristeza. Que sigan diciendo aquellos que buscan pulir nuevas gemas: yo las recojo en el camino, lo mismo romas que afiladas, como están, como nacen y como se hacen, como vienen, al vuelo y en el arrastre. 

Escribo desde los más comunes de mis lugares, los busco incluso con alevosía, anhelo que mis letras sean encuentro, de nada serviría hacerlas tan únicas que sólo a mí me pertenezcan; quiero decir con ellas "te amo" (aunque de amor ya no se escriba en esos términos), quiero decir con ellas más que "te amo": quiero encontrar en el enredo todo lo que el amor es para mí y decírtelo, y diciendo entregarlo...

y así... digo, y digo, y digo... No paro de decir porque no encuentro el modo de expresar con las gemas que recolecté en mi sendero la joya que descubro en ti cada día. 

Primer intento: describo la gema. Es un cuarzo rutilado, brilla desde dentro, ¿sabes?, se dibujan como ríos los fragmentos de oro que en él quedaron atrapados, pequeñísimo universo que todo lo contiene. Me pregunto cuánto tiempo estuvo sin ser hasta ser lo que ahora es, cuánta presión soportó, cuándo se dejó vencer, cuándo renació desde su propia derrota. No lo ves, no lo encuentras dentro de ti aunque yo te diga que lo he visto muchas veces, que está ahí, que se muestra cuando te dejas estar y decir, cuando eres... He fallado.

Segundo intento: describo la recolección. Suelo juntar objetos pequeños, igual que esos pájaros que adornan su nido, ¿los has visto alguna vez?, ¿no?, los cuervos también lo hacen. Me gusta pensar que cada vez que traigo casa alguno de esos objetos sin importancia no le quito nada a nadie, pero sé que de alguna manera desequilibro al mundo, que tal vez alguien echa de menos lo que yo retuve a mitad de su camino. No siempre la recolección es pacífica: hace poquito por andar en esas lides me metí donde no debía (igual que lo hago cuando sigo diciendo lo que es indecible y equivoco las palabras), justo en un pedregal a la orilla del mar. ¡Se escuchaba tan bonito!, las piedras chocaban entre sí porque el agua las movía y yo no pensé ni un instante que poner entre ellas los pies no era buena idea; aquella vez atesoré sólo un corte en el empeine que me dolió un par de días. Ya me perdí, fallé de nuevo: lo que digo no está diciendo lo que quiero decir; así es como me enredo.

Tercer intento: te contaré un cuento. Iba de camino a mi propio abismo cuando vi que estabas en el lugar común de los naufragios, quise decirte entonces que eso de naufragar no termina en islas desiertas como nos han contado y, también, que la metáfora suele parecer a los escribanos uno de esos lugares con demasiadas visitas. Pensé si debía decirte eso o algo más, o quizá nada (estoy segura de que lo mejor es el silencio, pero no se me da, ya lo ves, sigo y sigo diciendo). Pensé entonces en el mar, porque no se naufraga en cualquier sitio, estarás de acuerdo, y recordé que para no ahogarse hay que dejar de moverse, permitir que nos lleve lo que sea que nos esté nos llevando. Sólo entonces apareció la frase indicada: "déjate estar, toda corriente conduce a una orilla". 

Ahora me digo: "ni las gemas ni su recolección me hacen un cuervo, sólo soy un pájaro intentando adornar su nido, acabo de comprender que entre los hilos quedé enredada, me puse a trinar, digo que digo, digo que digo, en lugar de usar el pico para salir bien librada de mis intentos, por definición fallidos". Te amo, es lo único que debí decir y ahora lo digo.

No te digo más ni a mí me digo: guardo el silencio, es el objeto que acabo de hacer mío.

La penumbra ©

De todos mis recuerdos lo que más me visita es lo vivido casi de noche. Podría pensarse que tengo poca memoria, pero la verdad es que mucho de mi recorrido en esta vida ha sido así, entre sombras y luces tenues. Entre la media noche y la media mañana prefiero el atardecer completo, los dorados filamentos que en silencio ante nuestros ojos bailan. Me descuelgo en la penumbra, me visito renovada.

De niña temía a la oscuridad, apagar la luz de la recámara para dormir era toda una odisea. Escuchaba la instrucción de mi madre que se oía inauditamente lejos y siempre más pronto de lo esperado: anhelaba la demora, deseaba que ella viniera a cumplir con el mandato cuando yo ya dormía, que no me tocara a mí presionar el botón en la pared que hacía que todo de repente desapareciera. Me habría gustado tener una lámpara sobre el buró para que aquel acto mágico de vaciarlo todo pudiera hacerse desde el fondo de la cueva en que se convertían las cobijas que me resguardaban; pero no, no la tuve, por eso aprendí a llegar hasta a mi cama mediante un salto preciso, uno solo en medio de la nada misma. El vacío, y yo que volaba por un instante.

Quizá porque asocié lo oscuro y el vuelo, pronto me dio por andar a media luz el resto del día. No dejé de temer a la ausencia de luz, pero tampoco me gustaba que ésta lo llenara todo porque entonces no había razón para despegar los pies del suelo. Demasiada luz enceguece, hace falta una poca para afirmar dentro de esa nada infinita la existencia a los contornos de lo que es nuestro. Un poco de luz a manera de mapa, con las coordenadas para evitar el estruendo de los encuentros inesperados, sin evitar, sin embargo, que encontremos sin esperarlo justo eso que sólo existe en el medio de la luz y su contrario, en el vértice de la penumbra donde se muestra el perfil del mundo y todo lo que lo habita: nuestros límites, al final lo único que nos indica quiénes somos y dónde estamos.

Es el ruido del río cuando no lo vemos claramente lo que nos indica su eterno estarse yendo. Es la línea ennegrecida de la sombra de los cerros lo que nos hace sentir diminutos al inicio de un sendero. Sólo si dejamos de ver los árboles descubrimos en ellos los cencerros de sus hojas que se agitan con el viento. Es al fondo de una guarida donde la vida se aparece en los ojos de animales desconocidos que nos miran en la selva. Es la penumbra lo que nos llama a comprender el mundo que pasamos por alto cuando la luz lo inunda todo. 

Hay demasiada luz en el mundo. No era así cuando desde la cornisa de la ventana me asomaba de noche a mirar la silueta de la avenida casi vacía. No era así cuando esperaba en la estancia familiar con la luz apagada que se hiciera de noche para encontrar las esquinas de cada objeto que habría de reconocer. No era así cuando tuve una lámpara del color de las naranjas bajo la que miraba atenta los dedos de mis pies por horas. No era así cuando las calles se escondían de los transeúntes, volviéndolos ciegos de pronto. Los muertos podían descansar en la aceras sin que el charco de su sangre fuera tan rojo. Los vidrios se molían en destellos que esquivaban lo oscuro con alegría.

Es la vagina el más oscuro de los universos,pero la hembra debe dar a luz entre las sombras de fogatas o de velas, de atardeceres que se cuelan por las rendijas de habitaciones color sepia. No imagino el parto del mundo a pleno rayo del sol que calcina pechos y piernas. La vida es húmeda y con poca luz, a penas la necesaria para permitir que nos agarremos de sus bordes perfilados, mostrándonos que incluso ahí nos acompaña la sombra, la nuestra y la del mundo. En penumbras somos capaces de mirarnos las manos cada vez como se mira lo que es nuevo; la novedad no es la piel envejecida sino la voluntad de perdernos como condición para reconocernos, un poco más viejos, sí, pero siempre de nuevo.

Dejemos el corazón apenumbrado colgando de aquel cuarto de luna. Así no olvidaremos que las filosas estelas de luz aparecen en el cielo cuando hay guerra, el rostro de los moribundos que se encajan de perfil aluzados nos mostrarán los ríos en los que su muerte abreva. ¡Jodido está el mundo abrillantado!, ¡jodidos los hombres que no miran ya el vértigo espiral de fuegos fatuos!, almas sin pena. Olvidamos la penumbra que nos llama entre luces desafiantes. Imposibles son las sombras. Ya no somos, ya no estamos. Se borraron los perfiles de la vida, nos perdemos en la luz encandilados: el rencuentro se desliza sin asidero, ya no hay bordes que indiquen rutas alternas. Quemados los ojos y las manos, ¿que nos queda?, sólo el mundo que en brillar está empeñado, el horror de la muerte sin sustento, en tiempo real sobre pantallas luminosas. Tanta luz nos deja ciegos.