Hidrográfica o los cauces del ser ©

Para mí, la vida es líquida: agua que nace entre montañas, transcurre de la mano del tiempo, en busca de Hades pasa por el inframundo  como lava, descansa liminal en los esteros, se hace bruma, llueve, fluye, anda. 

Desde niña busqué la esencia vital. En época de lluvias no había charco que escapara a mis pasos; caminaba sobre ellos del mismo modo desequilibrado con el que los transeúntes precavidos intentan sortearlos. Yo evitaba las partes secas de la acera, me sentía inmensamente feliz cuando las plantas de los pies se humedecían: vida filtrada a través de los hilos de mis calcetas. 

En las alamedas, las fuentes, oasis entre el asfalto, eran la oportunidad perfecta: soltaba la mano de mi abuelo y corría desbocada hasta entrar en ellas. ¡Cuánta desilusión me provocaba encontrar en el centro de la alameda un quiosco rígido aunque redondo, en lugar del cuenco gigante con agua serena!, pero cuando existía, el regaño sabía a deliciosa promesa: me esperaba la maravillosa tina con agua tibia que mi abuelo prepararía resignado en su casa. El problema siguiente era sacarme de ahí antes de que volviera a enfriarme: no había modo de hacerlo sin que yo llorara, viendo desconsolada la piel de mis dedos blancos, suaves, en remojo hasta arrugarse como pequeñas larvas opalinas que prometen seda.

Aprendí a nadar gracias a una ocurrencia de mi padre: tirarme sin más preámbulo a una alberca cuando tenía dos años; mi madre, angustiada y protestando, dejó de llorar cuando me vio salir a la superficie con la alegría instalada en todo el cuerpo, reía, me movía con torpeza huyendo de sus brazos que deseaban ponerme en tierra. 

Más tarde, mi abuelo decidió darme gusto cuando íbamos a su pueblo y para ello tomaba precauciones un poco curiosas: me llevaba a una poza de agua helada, al pie de una cueva con tapiz de helechos enormes y musgo perlado; ahí, amarraba mi cintura con una cuerda cuyo extremo él sostenía desde la orilla para monitorearme a distancia. Yo, encantada por el rumor líquido de las corrientes internas, me lanzaba de un brinco y me hacía agua con el agua, frío con el frío, pez níveo diluído.

El mar. La primera vez que me encontré con él no me dejó tocarlo, estaba de fiesta: decenas de globos acuáticos y coloridos se paseaban por las olas, tranquilos espejos cóncavos que devolvían al sol su mirada en una perfecta operación aritmética: multiplicación de luces sobre el rumor de la marea, las medusas de vidrio fundido que se desinfla en tierra. Aquella vez no me importó estar fuera del abrazo líquido, era suficiente con la brisa mojada, aprendí a escuchar con atención el agua, sé que cura de sólo mirarla.

No puedo decir que me cansé de ver la piel vasta del océano, pero empecé a preguntarme a cerca del universo anegado que permanecía abajo de aquello: ¿qué habría en el lecho marino, más allá de las conocidas sirenas, de Tritón y su trono de espuma acuarela? Bucear no era lo mío, anhelaba pisar con fuerza la  superficie del algún andamio bajo el mar. El día llegó, subí a la barca de unos pescadores en busca de la alberca natural que el Pacífico reservaba entre rocas con erizos: ataviada con un cinturón de plomo, un visor y una manguera que enviaba aire desde la lancha toqué fondo, caminé extasiada por los laberintos de un bosque coralino del que se desprendían aletargados los pulpos, me asomé por cuanto hueco aparecía en la enramada salina y juro que un pez amarillo me besó en la boca.

La escafandra la obtuve después, durante una expedición involuntaria rumbo a mis profundidades. El alma, la parte perdida de mí, luego del naufragio anunciado me esperaba hecha un ovillo en medio del costillar de una vieja embarcación. Con astillas en las alas y fisuras en la voluntad, fui a dar desvanecida en la corriente de mis ríos embravecidos, iba por mí y me traje. Saqué la fortaleza, quizá las branquias, me crié por un tiempo detrás de un arrecife naranja; sobre el vientre carcomido cultivé un huerto de plantas medicinales, en la cutícula de la osamenta escribí el primero de mis textos. Luego sincronicé los cauces del ser con las corrientes de la luna: cual reloj voy creciente, menguo, me hago nueva y vuelvo. Salí a flote: habitante de ciudades hundidas que renacen cuando baja la marea, me hice hechicera.  

2 comentarios:

Carolina Estrada dijo...

Lo leí, Tania, antes de que tuvieras la amabilidad de postearlo. Me llamó el agua, me atrajo hacia sí, me sentí identificada, descrita en cierto modo. También yo soy una seducida de lo acuático. Me gustó tu texto, mucho. Es vertiginoso y claro, como el agua que corre un un río manso.

Saludos

Anónimo dijo...

Hechicera!
El azul y el verde me seducen, porque es ahi donde naci.
El agua me abrazó, me cautivó y me envolvió.
Agua que se mueve, como agitada
por una corriente inesperada
la interna flama de lo vivo.
Gracias por compartirlo.