El milagro de El Diablo ©

Para Alexandro Guerrero. El alma no se juega, ni se vende: se regala; así, como te doy mi palabra, como restauro con letras tus alas. 

El Diablo aparece una tarde en el umbral de la casa. El alma, sentada en la cornisa de la luna, lo llama tres veces. Él propone, tiene que hacerlo. Ella suspira, está cansada, viene de lugares remotos, conoce los abismos por voluntad propia, ha subido más de un acantilado, siempre de regreso a la orilla, no sabe de destierros, los paraísos perdidos le parecen ironía: ¿cómo extraviar lo que nunca se ha tenido?

El Diablo tampoco quiere pactos, esta vez no viene a llevarse nada, renunció a ser guardián de las penas que no pagan. Hablar de Fausto sería inútil: esta es alma vieja, le aburren las tragedias, sobre todo cuando los magos pierden la apuesta. Mejor regalarse las caricias: amor con amor se paga, no hay trincheras, la paz no pide treguas.

A Dios se le ganan las partidas con alquimia, transformando las reglas del juego, lo demás son embrujos, malas artes caducas. Entonces ocurre el milagro: el Diablo recuerda que tiene alas, el alma se encarna, se rebelan juntos, están porque son y de ser se ha tratado siempre.

3 comentarios:

Carolina Estrada dijo...

¡Qué belleza, Tania! Felicidades. :)

Draika' dijo...

El milagro que es uno
lo veo con el corazón,
el Espíritu lo celebra...

¡Soy testigo del amor!

Anónimo dijo...

Me encanto !
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