Las cosas de mi abuelo (Cuarta parte)©

Más allá del retorno a su gente y a sus recuerdos, los constantes viajes a su pueblo tenían otro propósito: mi abuelo llevaba siempre consigo una bolsa repleta de todo tipo de “remedios” para las personas que durante la visita anterior lo hicieron partícipe de los males que les aquejaban. Íbamos de puerta en puerta entregando corteza de hormiguillo que mejoraría el hígado de Chela, marihuana macerada en alcohol para aliviar las “reumas” de las tías Campos, “chochos” homeopáticos para las dolencias de doña Régula, vitaminas que a sus 103 años seguramente harían falta a don Austroberto, ciruelas deshidratadas para que Chucho dejara de fumar teniendo literalmente la boca ocupada en otra cosa.

Fue en Santa Mónica, el poblado en el que mi abuelo había ejercido como maestro rural, donde supe a ciencia cierta que él no era simplemente distribuidor de “remedios”: en esa localidad se le consideraba como portador del don para curar; “él sabía”, asegura la gente. Sólo entonces adquirieron sentido algunos de los hábitos de mi abuelo que hasta ese momento yo había interpretado únicamente como costumbres compartidas con sus paisanos: “barrernos” a mi hermano y a mí pasando por nuestros cuerpos veladoras que encendía inmediatamente después en la iglesia, dejar vasos con agua en su casa justo antes de nuestro retorno a Ciudad de México, revisar cuidadosamente los cruces de caminos por los que pasábamos, donde era usual encontrar tirados ramilletes de hierbas, huevos y hasta gallos sacrificados, prohibirnos el consumo de algunos alimentos cuando estábamos enfermos o después de ciertas actividades, la insistencia con que preguntaba si me había caído cerca de una poza y las largas caminatas por el monte recolectando plantas.

De entre todos sus "remedios" había uno que provocaba en nosotros, sobrinos y nietos, salir corriendo: caléndula macerada con aguardiente, un potente cicatrizante que no fallaba pero que ardía al contacto con la piel herida de un modo atroz. Mi abuelo no perdonaba raspón alguno, grande o pequeño sería tratado con el líquido quemante que traía en un frasquito color sepia: lo aplicaba a mansalva, sin gasas o algodones de por medio, directo de la botella sobre la herida abierta. 

Creo que en mi familia no hay alguien que no tenga entre sus memorias alguna de esas sesiones curativas de mi abuelo con aquella medicina eficaz e infame. No quiero pensar en lo doloroso que será ese recuerdo para el primo que se cayó del caballo y se raspó el rostro completo, sólo sé que cuando vimos a mi abuelo llegar con el frasquito de caléndula los demás niños cerramos los ojos para no sentir en carne propia el tormento; eso sí, mi primo es guapo y en su cara no hay ni rastro de aquel suceso. 

Yo recuerdo cuando me dio por probar el control de mi mente: convencí a una prima de que yo podría recostarme en traje de baño sobre la loza ardiente (por el sol a medio día) junto a una alberca, soportando con mi espalda lo que ni los pies soportaban. Terminé con la espalda llena de ámpulas. Mi abuelo llegó a socorrerme con la temida caléndula en mano. La tortura fue doble porque, además, se dio a la tarea mi querido abuelo de reventar con una aguja primero cada una (sí, una por una) de las ampollas.


A nuestros a gritos mi abuelo replicaba con serenidad: "ya, ya, con esto no te quedarán marcas"; es cierto, las cicatrices que tengo en el cuerpo son de tiempos en los que mi abuelo ya no estaba, de otro modo serían inexistentes. A veces me miro las marcas y pienso que también por eso digo que mi abuelo se murió antes de tiempo.