Las cosas de mi abuelo (Segunda parte)©

"Al negrito, ponla en la alcancía del negrito", me decía mi abuelo señalando la estatua de San Martín de Porres mientras me daba una moneda. Todos los domingos se repetía la escena en la iglesia de Santo Domingo. Nunca supe por qué mi abuelo tenía clara preferencia por el santo mulato pero a mí también era el que más me gustaba. Cuando entro a alguna iglesia me da por buscarlo, me decepciona que no esté; de un tiempo para acá lo desbancaron, será que nunca fue de los importantes pero para mi abuelo lo era, al menos era al único que le dejaba dinero.

Me habría gustado preguntarle a mi abuelo sobre San Martín de Porres, atesorar la historia que había tras su descarada preferencia: pienso que hay algo de rebeldía en ella, como si el color y la aparente poca importancia que aquel santito tiene para la Iglesia hicieran que mi abuelo lo quisiera más que a los otros. Nunca sabré porque mi abuelo murió demasiado pronto, antes de que a mí la edad me permitiera interesarme por sus cosas: la muerte es jodida por eso, porque nos roba siempre antes de tiempo a quien luego nos hará sin remedio falta. Tampoco tuve edad suficiente para un día, aunque fuera nada más una vez, robarle la moneda a San Martín de Porres y sumar secretos a la confesión que nunca haré a un sacerdote.

Mi abuelo no logró que yo me hiciera católica, ¡y vaya que puso empeño!: me llevaba a misa siempre que podía, intentaba que me aprendiera los rezos, me persignaba con agua bendita y me hacía besar la cruz que formaba con sus dedos. Yo iba sin quejarme, me paraba, me sentaba, me hincaba cuando todos lo hacían pero guardaba silencio porque no lograba aprenderme bien lo que había que decir; de pronto recordaba alguna frase y entonces casi la gritaba para que me abuelo se pusiera feliz viendo que yo rezaba: "Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa", declamaba yo como si fuera poesía pegándome con el puño cerrado sobre el pecho, a veces de manera tan teatral que arrancaba un par de sonrisas en las personas que estaban cerca y una mirada con la que mi abuelo procuraba reprenderme sin lograrlo porque tenía los ojos dulces.

Para darle gusto a mi abuelo, un día se me ocurrió pedirle a mi madre que me inscribiera en el curso de catecismo que había en una iglesia cercana a mi casa. Luego de mucho insistir, jurando en vano como la buena pecadora que siempre he sido que luego de eso haría muy solemne mi Primera Comunión, mi madre accedió a pesar de que ella no es católica, yo creo que porque sabía que yo tampoco lo sería. Asistí a la primera sesión, la pasé platicando con otra niña, cuando me reí el sacerdote me agarró de una oreja y me sacó de la iglesia; jamás volví y mi abuelo ni se enteró de que había intentado darle gusto. Eso sí, mi hermano gozó por semanas la anécdota y hasta la fecha me dice entre risas "¿te acuerdas de cuando querías ser mocha?". ¡Qué bueno que no lo logré!, estaría hoy más desterrada que San Martín de Porres y mi abuelo se habría muerto igual, antes de tiempo.